
Por Crhystyann Bernal
Los bosques de Zahor, antes una catedral vegetal que se elevaba hacia el cosmos, ahora no son más que esqueletos calcinados aferrados a una tierra agrietada. Donde antes las hojas multicolores danzaban como un arcoíris perpetuo, solo quedan cenizas grises que se dispersan en un viento melancólico.

El Gran Río, que alguna vez reflejaba el universo con la claridad de un espejo cósmico, ahora fluye turbio y ennegrecido, como las venas de una divinidad moribunda. Sus orillas, antes un coro de vida y alegría, yacen en un silencio sepulcral, interrumpido solo por el lamento del viento entre los escombros.
Zahor, joya de un brazo exterior de la Vía Láctea, había nacido como un sueño: una sociedad utópica fundada sobre principios de conocimiento universal y equilibrio cósmico. Sus fundadores imaginaron un mundo donde la tecnología y el espíritu convergieran en perfecta armonía, atrayendo a pensadores de toda la galaxia con sus avances en energía fotónica y biomecánica.
Los sueños de equilibrio de los fundadores de Zahor se desmoronaron como arena entre los dedos. Lo que alguna vez fue un sistema armónico de colaboración se transformó lentamente en una pirámide de cristal, frágil y cortante. En la cúspide, los Luminares movían los hilos del conocimiento como si fueran cuerdas de un instrumento cósmico, cada descubrimiento tecnológico añadiendo otra nota de poder a su sinfonía de dominación.
Por debajo de ellos, los Guardianes custodiaban no solo las fronteras planetarias, sino también un orden cada vez más estrecho e inflexible. Sus armaduras, antes símbolo de protección, ahora parecían jaulas de metal que aprisionaban cualquier atisbo de libertad.
En la base de esta estructura, los Cultivadores sostenían el peso de toda la civilización con sus manos callosas y sus espaldas quebrantadas. Trabajaban la tierra, alimentaban las ciudades, mantenían el pulso de Zahor, mientras su propia existencia se hundía en la más absoluta precariedad. Cada surco que abrían en el suelo era también una herida en el tejido social de su mundo.

Así, lo que comenzó como un sistema diseñado para la eficiencia se convirtió en un mecanismo de opresión, una máquina implacable que trituraba los sueños de los más débiles para alimentar las ambiciones de los más poderosos.
En el centro de este conflicto emergieron dos figuras que definirían el destino de Zahor: los hermanos mellizos Hevel y Kayin. Tan parecidos físicamente como diferentes en espíritu, compartían el cabello negro azabache y unos ojos ámbar que reflejaban la tenue luz de Antares, su sol natal.
Hevel, de facciones afiladas y mirada penetrante, encarnaba la racionalidad absoluta. Su voz profunda y metódica resonaba con un anhelo de control centralizado. Creía firmemente que los sistemas algorítmicos podían gestionar recursos y resolver conflictos sociales con precisión matemática.

Kayin, de rasgos suaves y mirada inquieta, representaba el espíritu revolucionario. Su tono vibrante y su pasión por la transformación radical contrastaban con la frialdad de su hermano. Argumentaba que las estructuras existentes debían ser completamente desmanteladas para crear algo nuevo.
El nefesh emergió de las entrañas de Tévar como un secreto susurrado por las estrellas, más que como un simple mineral. Era un enigma cristalizado, un fragmento de posibilidad pura que brillaba con un fulgor que hipnotizaba a cualquiera que lo contemplara. No era un descubrimiento, sino una revelación que vendría a desgarrar el frágil equilibrio de Zahor.
