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Antrax: La revelación de Osiris

Por Michelle Abreu & Crhystyann Bernal


La humanidad se encontraba al borde de la extinción tras un devastador apocalipsis nuclear. Tan solo un reducido grupo de 24.000 personas había logrado escapar de la Tierra para sobrevivir en tres estaciones espaciales que aún orbitaba el planeta. Entre ellos se encontraba Ántrax, una joven científica que formaba parte del Proyecto Fenikso, cuyo objetivo era encontrar una forma de repoblar el planeta. Nacida en órbita, Ántrax era uno de los llamados “hechiceros”, un grupo de científicos que experimentaban con el ADN alienígena, muchos de cuyos avances eran clasificados como ultra secretos.

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“Dra. Ántrax, ¿Cómo va la investigación?”, pregunta un oficial de la Unión al entrar en el laboratorio.

“Casi he terminado, solo tengo que configurar estos datos y toda esta información será enviada a la Tierra”, respondo mientras escribía el informe.

“¿Puede pasármelos? Los necesito para completar mi reporte”, le pido al oficial y este obedece mientras sigo sin dejar de trabajar.

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“Finalmente, el Proyecto Fenikso ha sido completado en su totalidad. Puedes enviar esto a la Estación para que lo envíen a la Tierra, mientras solicito el permiso del Consulado”, anuncio con satisfacción. Mientras el oficial observaba con atención lo que probablemente era la mayor evolución en la manipulación del ADN humano en la historia de la humanidad, me dedico a reflexionar sobre cómo toda mi vida había sido preparada para crear la posibilidad de volver a la Tierra y experimentar lo que nuestros ancestros nos habían contado durante nuestra estancia en la Órbita. La emoción que me invade fue simplemente la satisfacción de mí misma, pero se sintió muy efímera, ya que las pantallas muestran una señal de alerta y miles de ventanas se abrieron para mostrar un extraño mensaje:

“Gracias Dra. Ántrax por proporcionarme la información que necesitaba”.

Este mensaje y otros aparecieron en las diferentes pantallas de mi laboratorio. Inmediatamente, me pongo en marcha para evitar que los archivos que tenía guardados se dañaran, mientras el oficial que está conmigo se despide, lo ignoro y me concentro aún más en resguardar todos los archivos. Después de unos minutos logré recuperarlos, así que respiro hondo para tranquilizar mis nervios. De repente, alguien entró a mi laboratorio.

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“¿Por qué será que me están visitando tanto?”, dije. “¿O será que me extrañan tanto en el Consulado?”, opino sarcásticamente. “¿Dra. Ántrax, ya está listo el informe?”, preguntó el oficial, ignorando por completo lo que acababa de decir. “¿Disculpe?”, pregunto confundida. “Acabo de enviarlo con un oficial…”, le respondí. Inmediatamente, supe que algo andaba mal, así que corro por los pasillos, esquivando a las personas lo más rápido posible, hacia la entrada de la Estación. Observo cómo el impostor subía a una nave. “¡Detengan esa nave!”, grito a todo pulmón, sigo corriendo para evitar que despegara, pero choco con alguien. “Dra. Ántrax, hace mucho tiempo que no la veo”, dice la persona con la que choqué. Miro hacia arriba. “Capitán Kwanta, disculpe, pero tengo que hacer que detengan una nave”, digo un poco impaciente. “¿Qué nave?”, pregunta el capitán confundido. “Esa… “, estaba señalando dónde la había visto por última vez, no obstante, la nave ya había despegado y con ella todo el esfuerzo y sacrificio que había puesto en ello. “Discúlpeme capitán, me retiraré”, digo y me voy del lugar con un nudo en la garganta. Ya en mi laboratorio no aguanto más las lágrimas y comienzo llorar amargamente, todo por lo que había trabajado había sido robado, mi gran orgullo, la única esperanza de poder volver a la Tierra, y todo esto ha desaparecido, solo por mi culpa, esto ha sido nada más que mi culpa.

Mi culpa, solo es mía, de nadie más, ni del impostor, ni del capitán Kwanta, de nadie, solamente mía…

Han pasado tres días desde el incidente y no he salido del laboratorio. A pesar de las constantes llamadas y reclamaciones del Consulado, he estado investigando el hecho del impostor. Es casi imposible procesar cómo alguien logra infiltrarse en Gaia, la órbita más resguardada de todas y salir impune de ello. Solo he encontrado una resolución y es que alguien de adentro lo haya ayudado. Sí, eso debe ser. Ahora la pregunta es quién pudo habernos traicionado de esa manera. Para poder investigar más a fondo, debo pedir ayuda a las personas con la influencia suficiente para hacerlo posible y ellos son el Consulado. “Imposible. Todos sabemos que tanto entrar como salir de Gaia sin supervisión previa es penalizado por la Unión”, dice el Sr. Traki, capitán de la Órbita Noxius. Los demás miembros del Consulado opinan lo mismo. “Lo sé. Por eso les estoy pidiendo su autorización para investigar a fondo este asunto. Si mal no recuerdan, capitán, si eso llega a manos equivocadas, puede ocasionar un final horrible no solo para la evolución humana, sino también para aquellos que tienen la esperanza de volver a la Tierra”, respondo. “Lo que dice puede estar bien justificado, pero también recuerde que si ponemos esto bajo investigación, podría causar estragos en las demás órbitas y no solo en Gaia. Usted lo debe saber muy bien, ¿no es así, Dra. Ántrax?”, manifiesta la Dra. Rye.

Ella tiene razón. Tal vez sea mejor dejarlo y continuar con lo que siempre he estado haciendo. Quizás sea mejor no volver a la Tierra.

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“Sí, Dra. Rye. Gracias por su preocupación”, digo desanimada. “Gracias, Consulado, por dejarme hablar sobre mi preocupación y por tomarse el tiempo”. Mientras todos se despiden de la videollamada, me quedo contemplando el techo del laboratorio y reflexiono sobre lo que en verdad debo hacer. ¿Debo quedarme con las manos cruzadas y obedecer o dejarme llevar por mis impulsos y tomar rienda suelta de mi vida? Nunca he tomado rienda suelta de mi vida, me ha costado hacerlo. Pero en este preciso instante, hay algo que en verdad debo hacer: la ardiente esperanza de estar en el mismo lugar que estuvieron mis antepasados, la Tierra.