
Un ensayo por Crhystyann Bernal
En la vasta extensión de lo posible, donde realidad y simulación se entrecruzan, nuestra historia no comienza con una explosión, sino con una línea de código. Imagine a un programador, pero no a uno cualquiera. Se trata del Programador Definitivo, una entidad más allá de nuestra comprensión, que decidió crear no sólo un programa, sino un universo entero.
«En el principio creó Dios los cielos y la tierra». - Génesis 1:1
Pero, ¿y si entendiéramos esta creación no como la manipulación física de la materia, sino como la inicialización de una simulación cósmica? El «vacío y la oscuridad» descritos en el Génesis podrían interpretarse como el lienzo en blanco de un espacio computacional sin asignar, a la espera de ser rellenado con los parámetros y variables que definirían nuestra realidad.
Cuando Dios dijo: «Hágase la luz», quizá no se trataba sólo de la creación de fotones, sino de la activación del motor de renderizado de la simulación. ¿La separación de la luz y la oscuridad? El establecimiento de sistemas binarios fundamentales, el lenguaje básico de toda la informática.
A medida que transcurren los días de la creación, vemos lo que podría interpretarse como la implementación sistemática de diversos motores de física y parámetros ambientales:
Y, por último, la obra maestra: la humanidad. «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza», declara el Programador Supremo. Pero, ¿qué significa esto en nuestro contexto? Tal vez seamos únicos entre las entidades simuladas en el sentido de que se nos otorga conciencia, autoconciencia y, lo que es más importante, privilegios de administrador dentro de la simulación: la capacidad de nombrar y dominar a otras entidades, de crear y modificar nuestro entorno.
El Jardín del Edén puede verse como un entorno protegido dentro de la simulación más amplia: una zona de pruebas beta, por así decirlo. Aquí, a Adán y Eva (las primeras entidades conscientes) se les concedieron libertades significativas, pero también una restricción crítica: no debían acceder al conocimiento del bien y del mal.